Desde el Bund, las luces de Lujiazui convierten el cielo nocturno en un día sin fin: la cara más joven de una tierra antigua.
La belleza de Shanghái está en correr entre la demolición y la construcción, mientras guarda con ternura los viejos tiempos.
A las seis de la tarde, las luces del Bund se encienden puntuales. Al otro lado, las torres de Lujiazui escriben la noche en el río Huangpu con bolígrafos de luz. Turistas, corredores, parejas de novios haciéndose fotos: todos encuentran su lugar en esta orilla.
Shanghái siempre ha sido una ciudad que corre. Los muelles del siglo XIX, las fábricas del XX y el horizonte del XXI se amontonan a ambas orillas del mismo río. Los plátanos de la calle Wukang siguen siendo viejos, pero las tiendas de abajo han cambiado de dueño tres veces; en las puertas de los shikumen, los nuevos cafés comparten umbral con las cuerdas de ropa.
Caminé mucho tiempo por el río Suzhou. A ambos lados, las antiguas fábricas son hoy galerías y parques creativos; en los muros de ladrillo rojo todavía se lee «Fábrica de Harina de Shanghái». Esta ciudad sabe convertir lo viejo en paisajes nuevos: no oculta su historia ni se aferra a ella, sino que la dobla dentro de una vida nueva.
A medianoche, desde un puente peatonal en Lujiazui, el tráfico fluye abajo como ríos de luz. Algunos dicen que Shanghái es demasiado rápida. Yo creo que precisamente esta energía que no se detiene muestra la cara más joven de un país antiguo.